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lunes, 29 de noviembre de 2010

Rabia


Todo comenzó el día que empecé a trabajar en uno de los centros comerciales de la zona. El primero en tenderme la mano y hacer de cicerone fue Carlos. Fue él el que me explicó cómo funcionaba la caja registradora, el teléfono interno y los tipos de clientes con los que me podía topar y cómo actuar con ellos. Vamos, todo lo que tenía que saber para poder desenvolverme bien, por lo que no fue de extrañar que los primeros días se quedara a comer conmigo o me trajera algún café cuando me encontraba especialmente agobiada.

Carlos no era uno de esos hombres espectaculares que llenan revistas y carpetas adolescentes. Su belleza era más serena, más cotidiana, y eso me encanta en un hombre. Y lo mismo debió pensar él de mí, porque alguna que otra noche acabamos compartiendo cama.

Lo nuestro no era una relación al uso. Nos gustábamos, sí, pero habíamos decidido de mutuo acuerdo que lo nuestro sería sexo sin compromiso y tan amigos.

Al principio no entendía por qué, pero Sonia, la jefa de personal, no paraba de tirarme indirectas primero, y puyas después. Hasta que Carlos me lo explicó: él y Sonia habían llegado al mismo acuerdo que nosotros, salvo que mientras yo le veía como un buen amigo con el que pasar buenos ratos, ella le veía como algo más, y estaba decidida a luchar por él.

Pasaron los meses, y la relación con Sonia acabó siendo cualquier cosa menos cordial. Al ser ella jefa de personal, podía boicotear mi trabajo fácilmente. Y vaya si lo boicoteó. A los pocos días de nuestro último enfrentamiento me llegó una carta de despido diciéndome que debía abandonar mi puesto en los próximos días..

Decidí que ya que me encontraba en el paro, el tiempo que no estuviera entregando currículum los pasaría cocinando. Cocinar siempre me ha relajado y además, siempre podría salir airosa de cualquier cita.

Al día siguiente de mi despido, decidí empezar en serio con la cocina, así que me encontraba con la cocina llena de cachivaches y comida. Estaba fileteando la carne cuando llamaron al timbre. Era Sonia. La muy zorra tenía la desfachatez de presentarse en mi casa para jactarse de su victoria.

Como es normal acabamos enzarzadas en una discusión y de las gordas. Con el agobio del momento empecé a sentir calor. Mucho calor. Los insultos iban en aumento, y a cada grito la cabeza me dolía cada vez más. Jamás había sentido tanta rabia e impotencia.

No sé qué pasó, pero de repente todo se volvió negro y a mi alrededor se hizo el silencio.

Cuando la luz volvió a mí comprobé que estaba tirada en el suelo, y un zumbido en los oídos me aturdía. Poco a poco el zumbido fue desapareciendo, y cuando lo hizo recobré las fuerzas suficientes para levantarme.

Cuál fue mi sorpresa cuando al hacerlo comprobé que tenía las manos cubiertas de sangre. Mi primera reacción fue la de mirarme, pero no tenía ninguna herida, así que fui corriendo a buscar a Sonia.

El mundo se me cayó a los pies cuando la vi tirada en el suelo frente a la puerta, llena de sangre.
Me fui hacia ella implorando que estuviese viva. Le tomé el pulso, pero no lo se lo encontré. Le puse un espejito debajo de la nariz para ver si se empañaba, pero no lo hizo. Entonces comprendí que la había matado.

¿Pero cómo había pasado? ¿Por qué no recordaba nada? ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Quise llorar, pero no me salían las lágrimas. Ni siquiera me salían los pensamientos.

Me pasé las siguientes horas sentada en cuclillas en el pasillo con la mente en blanco, intentando que la cordura me hiciera una visita y me diera un buen consejo, pero como era de esperar no vino.

Cuando estaba empezando a salir de aquel trance me vino una idea a la mente: deshacerme del cadáver. Pero luego pensé que me iban a pillar de todas formas, así que lo más sensato sería llamar a la policía y dar la cara.

Marqué el 091 y cuando al otro lado de la línea se descolgó el teléfono no pude articular palabra alguna y lo único que me salían eran lágrimas, sollozos e hipidos.

No lo puedo asegurar, pero supongo que estuve llorando con el teléfono en la mano el tiempo suficiente como para que la policía localizara la llamada y viniera a mi casa, pensando que era yo la víctima.

Policía, abra la puerta. -oí decir al otro lado de la puerta.

Quise levantarme o decir algo, pero era incapaz de moverme o de mover los labios. Lo único que podía hacer era llorar, llorar y llorar.

¿Se encuentra bien, señorita? Si no abre la puerta, la echaremos abajo.

Oí como la puerta caía al suelo con un estrepitoso estruendo y cómo uno de los agentes me pedía que me levantara antes de que volviese aquel zumbido a los oídos.

******

-Nadia, levántate.

No entendía lo que estaba pasando.
-Nadia, despierta.
-¿Carlos? ¿Qué ha pasado?
-Estabas teniendo una pesadilla, y de las malas, porque hasta has tirado el vaso que tenías en la mesita de noche..
-¿En serio?
-Sí. Anda sigue durmiendo, aún quedan unas horas antes de ir a trabajar, y tienes que ir a descansar, que mañana va a ser un día duro.
-¿Por qué?
-¿No te acuerdas? Echaron a Sonia del trabajo, y mañana se decide quién ocupará su puesto.
-Ah, sí... no me acordaba. Buenas noches.
-Buenas noches.

Aún seguía algo alterada, pero finalmente me quedé dormida mientras Carlos me acariciaba el pelo.

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