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domingo, 12 de diciembre de 2010

El hombre sin nombre


-La semana que viene es el cumpleaños de Teresa.
-Es verdad, no me acordaba – recordé.
-¿Qué le preparamos, Carla? Porque a mí no se me ocurre nada ahora...
-Pues a mí se me había ocurrido comprarle su regalo en un sex shop -dijo con su sonrisa pícara.

No pude evitar reírme. Teresa era una mujer muy tímida, y aunque ya había cumplido la treintena, aquel regalo le iba a incomodar muchísimo. Pero por otro lado, teniendo en cuenta que llevaba varios meses durmiendo sola y con lo tímida que era, iba a necesitar un juguete.

Al final, Carla y yo decidimos quedar el viernes por la noche para ir a comprar el regalo de nuestra amiga. En el primer sitio al que entramos, no duramos ni dos segundos. Más que una tienda aquello parecía un antro, y los dependientes estaban inmersos en lo que parecía una discusión de pareja. Salimos de allí con la risa nerviosa y fuimos a otra tienda que no estaba lejos.

Cuando entramos nos quedamos con la boca abierta. Aquello parecía más una tienda de ropa que un sex shop. En los primeros estantes sólo había disfraces, corsés, trajes extraños... un poco más a la derecha había un estante repleto de consoladores y penes de goma de distintos tamaños, desde los de tamaño ridículo (habrá quien los compre, supongo) hasta los de tamaño descomunal. Carla y yo no pudimos evitar un gesto de asombro al ver penes de goma de cincuenta centímetros.

En el estante siguiente estaban lo que parecían juguetes infantiles: el clásico patito de goma para la bañera, una esponja con forma de fresa, muñecos con forma de gusanos de colores...

-¿Puedo ayudaros en algo?

Aquella voz nos sobresaltó. Estábamos tan embobadas viendo tanto artilugio extraño que ni nos dimos cuenta de que el dependiente estaba detrás de nosotras.

-Bueno, estamos buscando un regalo de cumpleaños para una amiga...
-¿Y habéis pensado en algo?
-No, la verdad es que no... -dije mirando a Carla. No sé si ella iba con alguna idea predeterminada.
-Vale, pues contadme algo de vuestra amiga, el rasgo que más la defina.
-Tímida -dijimos las dos al unísono.
-Vale. Pues os aconsejo que elijáis alguno de estos que parecen juguetes infantiles, así pasarán más desapercibidos en su casa, y si alguien le pregunta, siempre puede decir que su sobrino se los dejó olvidados en casa.

Carla y yo nos miramos para buscar la aprobación de la otra.

-Bueno -dijo el dependiente- Si queréis os puedo enseñar más cosas, por si veis algo que os guste.

La visita por la tienda fue poco menos que reveladora. Nunca había estado en un sex shop, o al menos no tanto tiempo, y estaba viendo cosas que no tenía ni idea de cómo se utilizaban. Después pasamos por una vitrina que contenía todo tipo de lubricantes, aceite de masajes y cremas. El dependiente nos dejó echarles un vistazo, y después descorrió una cortina por la que nos hizo pasar. Cuando la atravesamos, pudimos ver una pequeña sala llena de películas porno, y justo a su lado, un espacio totalmente dedicado al sado. De las paredes colgaban látigos y fustas que ponían los pelos de punta, mordazas y varios artilugios más que ni sabíamos cómo se utilizaban ni queríamos saberlo.
Después atravesamos un pequeño pasillo que nos llevó a una estantería repleta de juegos eróticos para pasar un buen rato.

Al volver a la sala principal, no pude evitar fijarme en una pequeña sala rodeada de espejos en la que una pareja mantenía relaciones sexuales. Al verlo no pude evitar una oleada de calor por todo mi cuerpo.

Al final nos decidimos por el clásico patito de goma, la esponja vibradora con forma de fresa y un lubricante. Justo cuando íbamos a pagar, llamaron a Carla al móvil. Ésta se puso muy nerviosa y me dijo que tenía que irse corriendo. Su madre se había caído y estaba en el hospital, que si no me importaba quedarme sola. Le dije que no y salió corriendo de allí.

Como Carla se había tenido que ir, pagué yo. Cuando le di el dinero al dependiente le miré a los ojos, (nunca hasta ese momento me había fijado mucho en él, en parte porque me daba vergüenza y en parte porque no podía apartar la vista de los artículos allí puestos) No me había fijado antes, pero el dependiente era bastante atractivo, y tenía una boca muy sensual.

Por hacer tiempo mientras me daba la vuelta me quedé mirando una de las estanterías, y vi un artículo que por más que lo miraba no llegaba a comprender lo que era. El chico se dio cuenta, y como si me leyera el pensamiento, me explicó para lo que servía. Mientras me lo explicaba, buscaba excusas para rozarme con sus manos, o se ponía a mi espalda para que pudiera sentir su respiración. No sé cómo pero acabé mojando mis braguitas.

-Mira -me dijo- creo que antes de me ha olvidado enseñaros otra sección, ¿quieres que te la enseñe?
-Claro -dije casi como una autómata.

Le seguí por un pequeño pasillo y llegamos a una sala en la que se encontraban varios muebles que parecían especialmente diseñados para tener sexo. Me los fue explicando uno a uno, y en todos me invitaba a sentarme o probarlos.

No sabía por qué, pero me encontraba cada vez más excitada, y para colmo, el chico de la tienda no paraba de acercarse a mí, de rozarme, de pegarse tanto a mí que podía sentir perfectamente su respiración.

Fue en uno de esos momentos en los que estábamos tan pegados, que perdí el control de mí misma y le besé. Inmediatamente después me arrepentí. ¿Pero cómo había podido perder el control de esa manera? ¿Pero cómo había sucedido? Ahora iba a pensar cualquier cosa de mí...

En mis pensamientos estaba cuando silenció mis pensamientos con otro beso largo y cálido. Estuvimos así un buen rato, besándonos y acariciándonos. Entonces, se quitó los pantalones y los boxers y se sentó en “silla del amor”, cómo él me la había presentado, y me invitó a seguirle.

Aquel día llevaba puesta una camisa blanca, una falda negra medias al muslo y tacones, por lo que no me hizo falta desnudarme, simplemente me levanté la falda y me senté en sus rodillas mientras le colocaba un condón que sacó como por arte de magia. Una vez que el condón estuvo en su sitio me senté encima de su miembro, hundiéndolo hasta el fondo.

La verdad es que la silla era bastante cómoda, ya que me permitía total libertad de movimientos y me ayudaba bastante cabalgarle.

El chico me fue desabrochando los botones de la camisa, con cuidado de que no se rompieran por el ímpetu del momento y sacó mis pechos del sujetador para lamerlos y jugar con ellos. He de decir que si ya estaba excitada, con las cosas que me hacía en mis pechos hinchados por la excitación, estaba a punto de explotar.

Él notó que estaba a punto de correrme, así que me levantó y me puso de espaldas a él, apoyada en una camilla de tal manera que mis brazos y mi abdomen quedaban descansando en la camilla y mis piernas, apoyadas en el suelo se abrieron para dejarle total acceso a lo que quisiera hacerme.

Estando en aquella postura no podía ver nada, sólo sé que oí como se abría un envase y que sentí como varias bolitas entraban por mi puerta trasera al tiempo que la verga erecta de aquel chico volvía a poseerme.

No llegaba a comprender por qué me había introducido “eso” cuando no hacía nada con él y sólo se centraba en embestirme con su enorme falo. Podía notar cómo su herramienta entraba y salía de mí, como también podía notar el juguete dentro de mi culito. Faltaba poco para correrme cuando me dio un par de azotes al tiempo que me decía “córrete, puta” Al decir eso empecé a correrme y suavemente empezó a sacar el juguete que había utilizado conmigo, incrementando así la sensación de placer.

Caímos rendidos entre gemidos y espasmos propios del orgasmo.

Una vez recuperada la consciencia, me sentía mal. Acababa de echar un polvo con un completo desconocido que para más señas me había azotado y llamado puta. Pero por lo que peor me sentía era porque me había gustado. Al darme los azotes y llamado puta me sentí aún más excitada, y lo único que quería era estar a su merced.

A los pocos minutos, el dependiente se acercó a mí con una toalla húmeda y la pasó por mi entrepierna mientras me besaba en el pelo.

-Oye... espero que no te hayan molestado los azotes ni lo otro... pero es que con la emoción...
-No pasa nada -dije de todo corazón.
-¿Pero te ha molestado?
-No, para nada.

Tras recomponerme la ropa y el peinado, salí de la tienda con el regalo para mi amiga bajo el brazo. Llamé a un taxi y fui a casa, donde pasé la mayor parte de la noche en vela pensando en lo sucedido. Había echado el polvo de mi vida con un hombre del que no sabía ni su nombre. Estaba amaneciendo cuando me quedé dormida pensando que sería mejor así.

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