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lunes, 20 de diciembre de 2010

Traición


Había estado estudiando una media de quince horas diarias para aprobar aquellas oposiciones. Y las aprobé, pero sin plaza. Lo cual significaba que estaría otros dos años sin ser funcionaria y que tendría que seguir estudiando.

Necesitaba trabajo para mantenerme, al menos, otros dos años, y también necesitaba tiempo para estudiar, así que me decidí a dar clases particulares, así, mientras me ganaba un dinerillo extra y sin declarar a Hacienda, podía aprovechar las clases con los críos para probarme como profesora y ya de paso, seguir repasando.

A las clases llegó Julia. Tenía unos ocho años y coletitas rubias. Apenas sonreía, apenas hablaba, y su mirada era de todo menos alegre. Me costaba la vida que la niña se relacionara conmigo o con alguno de sus compañeros y muchas veces era incapaz de concentrarse. Así que un día que vino su padre a recogerla, abordé el tema y le pregunté por la niña. Me dijo que su madre y él se estaban separando, y que el proceso estaba afectado a Julia.

Pasaron unos cuantos días y Julia empezó a hablar más, aunque aún tenía la mirada triste, hecho que me alegró y que compartí con su padre. A los pocos días, su padre vino a hablar conmigo

-Me gustaría hablar con usted, si no hay problema
-Claro, pase -dije mientras terminaba de despedirme de uno de los críos.
-Es por la niña. Usted me dijo que había empezado a hablar un poco más, pero en casa sigue sin decir nada. Me gustaría que me contase qué le ha dicho, cómo la ve...

Al final, no sé cómo me dejé liar, pero acabé aceptando que me invitara un día a almorzar para hablar de Julia. Quedamos en un restaurante normalito, pero no muy céntrico, la verdad. Me transmitió su preocupación por la niña, y que se sentía muy culpable por no poder verla siempre, pero es que la madre se había quedado de momento con ella y el único contacto que tenía con la niña era en las clases particulares, y me pidió, por favor, que aquellas citas se repitieran, necesitaba saber que su niña estaba bien.

El caso es que me enterneció tanto ver a aquel hombre suplicando por poder saber algo de su hija, que acepté a quedar más veces con él. No pasó mucho tiempo hasta que acabamos haciendo el amor en mi piso.

Al principio acepté quedar con él por la niña. La verdad es que me intrigaba mucho el por qué una cría de ocho años tenía la mirada tan triste, pero luego, poco a poco, me di cuenta de que me sentía atraída por su padre, y al final me sentí atraída por la forma que tenía de hacerme el amor. Recuerdo en especial una vez que nada más entrar a casa, me desnudó y me besó por casi todo el cuerpo, jugando sobre todo con mis pechos hinchados por el placer y mis pezones erectos y duros, haciéndome suspirar y evadirme de la Tierra. Cuando ya me tuvo a punto a punto de caramelo, me puso a cuatro patas, con las rodillas en el suelo y el cuerpo descansando sobre el sofá y me apuñaló con su espada de carne, haciéndome temblar.

Aún hoy, si hago memoria, puedo notar perfectamente el vaivén de su miembro dentro de mí, sus mano izquierda sujetando mi cadera y su mano derecha dándome un par de azotes. Nunca me habían azotado, y mucho menos en la cama, por lo que me sentí extraña. Pero he de admitir que me gustó.

Cuando notó que estaba a punto de llegar al clímax, me izó, dejándome casi erguida sobre su falo, y así terminó de follarme con rabia y pasión, haciendo que nuestros gemidos fueran motivo de protesta de mis vecinos.

Tengo que decir que el padre de Julia y yo no éramos novios. Simplemente éramos una profesora y el padre de una alumna disfrutando de las tutorías, pero no podía negarme que si me hubiera propuesto algo más, hubiese aceptado encantada.

Fueron pasando los meses, y Julia había mejorado muchísimo académicamente, había recuperado algo de concentración y hablaba un poco más, pero seguía teniendo la mirada triste, impropia de una cría de su edad.

Cuál fue mi sorpresa cuando un día, la que vino a recoger a la niña fue su madre. Me preguntó como le iba a la niña, si atendía en clase... vamos, lo típico. Le comenté que Julia había mejorado muchísimo, aunque todavía le faltaba un poquito de concentración, y que parecía que estaba superando lo del divorcio de sus padres.

-¿Qué divorcio? - me preguntó su madre – Su padre y yo seguimos siendo pareja y viviendo en la misma casa.
-Ah, pues debo haberlo entendido mal... Como veo a la niña tan triste..
-No sé quién le ha informado de eso, pero es completamente falso. De hecho, Julia no lo sabe, pero está esperando un hermanito. Y si mi hija está triste es porque hace poco ha perdido a su abuelo.
-Vaya, enhorabuena por el embarazo. Y siento lo del abuelo de la niña.
-No se preocupe. Y gracias.

Nos despedimos y cerré la puerta. Quería derrumbarme o matar a alguien. O las dos cosas, pero me di cuenta de que aún quedaban un par de niños recogiendo sus cosas y tenía que mantener el tipo.

Cuando terminaron de recoger sus cosas me senté en el sofá a pensar. No sabía que hacer; ¿le llamaba y le cantaba las cuarenta, o esperaba a verle en nuestra próxima cita y allí le echaba la bronca de su vida? ¿Le mandaba indirectas a ver si él me decía algo? ¿Si será cabrón? Lo que estaba claro es que ese hombre y yo no volveríamos a acostarnos jamás.

A los dos días, volví a tener clase con Julia. Se la veía un poco más alegre, incluso habló un poco con sus compañeros. Al acabar la clase vino su padre, con su sonrisa de siempre a saludarme.

-Hola, Nadia. ¿Qué tal la niña?
-Bien, va avanzando mucho. -dije en el tono más seco posible.
-¿Y en clase cómo se comporta? ¿Se concentra más?
-Es una niña muy buena y sí, ya se concentra más.
-¿Y tu la ves más animada?
-Claro, lo está llevando muy bien, se repondrá pronto, ya lo verás.
-Eso espero, un divorcio debe ser traumático para una cría tan pequeña.
-¿Tú te crees que soy idiota? ¿Que nunca me iba a enterar de que sigues casado?
-Nadia, por favor...
-¡Ni por favor ni hostias! -dije olvidando todas mis buenas maneras- Tú lo que eres es un cabrón, un cerdo y un...
-Y un cobarde, todo lo que tú quieras, es verdad. Pero es que te quiero a ti.
-Pues yo a ti no. Así que fuera de aquí.

Cuando se fue me quedé llorando en silencio. Realmente hubiese querido que estuviera separado, pero no lo estaba, y yo no quería meterme en un matrimonio, al menos no a conciencia.

Puse un rato la televisión para olvidarme de todo, pero después de tanto llorar estaba agotada y caí rendida en el sofá. Cuando desperté, estaban emitiendo una película erótica, que me hizo recordar que volvía a estar sola. Metí mis manos bajo la ropa y me dejé llevar.

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