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sábado, 11 de diciembre de 2010

No hay nada como un baño caliente...


Cuando echo la vista atrás y recuerdo aquella época la recuerdo como una época agridulce. Acababa de licenciarme, por lo que ahora tocaba preparar oposiciones. Lo normal hubiera sido estudiar mañana y tarde, pero mis padres no podían seguir manteniéndome y yo necesitaba sobrevivir, así que no me quedó más remedio que buscar un trabajo.

Estuve buscando trabajo durante meses, pero al final, conseguí trabajo de limpiadora en un laboratorio privado. No es que ganara mucho, y no es que fuera un trabajo muy gratificante, pero me permitía llegar a fin de mes y haciendo unos cuantos malabares, podía permitirme el lujo de ir a una academia para prepararme mejor las oposiciones.

Cuando entré a trabajar se me avisó que mi trabajo exigía una gran responsabilidad, ya que tenía que aprender a limpiar como si trabajara para un ciego, es decir, sin mover nada de su sitio, puesto que en aquel laboratorio hacían prácticas universitarias alumnos aún inexpertos y que debido a su juventud, bastante despistados, y la mezcla de dos sustancias no compatibles era suficiente para crear un accidente.

Los días fueron pasando y me desenvolvía bien en el laboratorio. Sabía limpiar y ordenar los utensilios como me habían dicho, hice buenas migas con Julieta, la otra limpiadora y a principios de mes había unos cientos de euros más en mi cartilla.

Aquel día era incapaz de concentrarme en el estudio, así que decidí ir un rato antes al trabajo. Cuando llegué a la sala por la que solía empezar siempre había un par de tubos de ensayo con líquidos que no sé qué serían, pero recuedo que al acercarme a ellos empecé a sentirme mareada. Estaba aturdida, así que lo primero que atiné a hacer fue agarrarme a la mesa, pero mis movimientos fueron tan torpes que golpeé a los tubos de ensayo, haciéndoles caer y mezclarse.

Lo primero que sentí fue un ardor intenso, como si se estuviera sosteniendo entre las manos una llama. Luego me costó trabajo respirar y después desperté en una camilla que entraba en una ambulancia.

Una vez me hicieron las curas pertinentes me vendaron por completo las manos y me dijeron que, dado que vivía sola y que en la ciudad no tenía familiares que pudieran hacerme las curas, ellos me mandarían a alguien que me hiciera las curas, y si lo quería, también disponían de un servicio ayuda para casos como estos, y que por unos cuantos (bastantes) euros, me enviarían a alguien para bañarme, prepararme algo de comer y recoger un poco la casa. Como me vi con las dos manos completamente vendadas, sola en la ciudad y con mis padres mayores, decidí hacer un esfuerzo económico y contratar ese servicio.

Al día siguiente, a las doce del medio día llegó un chico que se presentó como Alberto, el ATS que me haría las curas, que por cierto, eran bastante molestas.

Cuando acabamos con las curas, me dijo que iba a preparar el baño. “¿Qué? Aquello tenía que ser un error” - pensé. “¿Cómo me va a ver desnuda un tío?”

-Perdona, Alberto.
-Sí, dime. ¿Algún problema?
-Bueno, creo que hay un error... quiero decir, contraté un servicio de ayuda al paciente para que hiciera esto...
-Sí, ya lo sé, y esa persona soy yo. Anda, te ayudo a desnudarte, que el baño ya casi está.
-¿Cómo que “desnudarme”?
-No pretenderás bañarte vestida. Oye, llevo trabajando en esto unos diez años, así que imagínate a la cantidad de gente que he visto desnuda; hombres, mujeres. Jóvenes, ancianos... vamos, que no te voy a ver como a una presa sexual sino como a una paciente.
-Ya, pero...
-Oye, mira, si quieres me voy, pero hasta al menos pasado mañana no te asignarán a otra persona, así que vas a estar dos días sin bañarte, comer ni curarte. Tú verás.
-Vale, está bien, perdona. Es que no estoy acostumbrada a que un desconocido me vea desnuda...
-Va, no pasa nada.

Alberto me ayudó a quitarme la ropa, y tras comprobar que la temperatura del agua era la correcta me cogió en brazos y me depositó en la bañera. Con un cacito de plástico recogía el agua caliente de la bañera y me mojaba el cuerpo, con sumo cuidado de no mojar las vendas. Después mojó la esponja y tras embadurnarla con gel de baño la pasó cuidadosamente por mi cuerpo, y muy despacio fue enjabonándome. Primero las piernas y los pies, luego el vientre y los pechos. Hubo un momento en el que tuvo que pasar la esponja por debajo de mis senos y sentí que me estremecía. Después me pidió que me incorporara un poco para tener acceso a mi espalda y a mis brazos. Con el mismo cacito de antes volvió a aclararme. Después se echó gel en la mano derecha y se dirigió a mí.

-Espero que no te sientas incómoda, pero esto hay que hacerlo -dijo al tiempo que hundía la mano con jabón en mi entrepierna.

¿Que no me sintiera incómoda? No, claro. Sólo estaba en pelotas, abierta de piernas en una bañera y con un calentón del quince delante de un desconocido muy, muy atractivo.

Cuando su mano se encontró con mi vulva, no pude evitar soltar un pequeño suspiro. Recé con todas mis fuerzas para que no lo hubiera notado. Pero sí que lo notó.

-Nadia, ¿estás bien?
-Sí, sí. Es que estoy un poco nerviosa.
-Bueno, no te preocupes, que esto ya casi está.

Supongo que Alberto notó que hacía meses que nadie mimaba aquella parte de mi anatomía, porque en aquellos momentos su mano enjabonada acariciaba suavemente mi entrepierna. Cuando notó que mis suspiros iban en aumento y mi nerviosismo empezaba disminuía, empezó a acariciarme en círculos, haciendo que mis suspiros fueran en aumento. En algún momento me preguntó si quería que parase, pero estaba totalmente obnubilada por el placer, no sentía ni vergüenza, ni remordimiento ni nada, sólo quería disfrutar de aquella sensación. La mano que le quedaba libre fue directa a mis pechos y empezó a acariciarlos y de vez en cuando pellizcaba mis pezones, haciéndome perder el control y el poco recato que me quedaba. En aquel momento los movimientos iban siendo cada vez más rápidos, hasta el punto de que ya no oía su voz, ni el agua salpicar... nada, sólo oía mis gemidos pidiendo más. Entonces sentí un calor que me llenaba y me hacía más liviana. Me sentí como una hoja que era fuerte y rápidamente elevada hacia el cielo para después caer lenta y suavemente, como en decrecendo.

Cuando volví a la realidad no me atrevía a mirar a Alberto a los ojos. ¿Qué pensaría de mí? ¿Me pediría algo a cambio? Pero cuando por fin me atreví a mirarle, estaba sonriendo, pero no era una sonrisa pícara, sino una sonrisa que trasmitía seguridad y serenidad.

Me aclaró muy bien, me tomó en brazos y me llevó al salón, dónde me secó al tiempo que me daba pequeños besos esparcidos por la espalda. Después, preparó el almuerzo y puso una película para que me distrajera mientras él volvía al hospital. Me anunció que vendría dos veces al día, mañana y tarde, y que si lo solicitaba al hospital, también podría quedarse a dormir, por si necesitaba algo por la noche o me sentía mal.

Por supuesto que contraté el servicio, aunque me supusiera un gasto más. Pero aunque perdiese algo de dinero, gané un buen amigo que me cuidó durante muchos años.

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